Retratos de los supervivientes de la España vacía

216

En el salón de José Manuel Navia (Madrid, 1957) hay un tocadiscos, un teléfono de rueda y una máquina de escribir: recuerdos palpables de algo que fue, pero que todavía sigue aquí, con algo que decir. Él se justifica así, entre risas: «En casa somos bastante cacharreros, Carmen [su mujer] más que yo, ella la maestra».

El fotógrafo vive en Villatobas (Toledo), en un pequeño chalet adosado, pero podría decirse que habita una pequeña grieta entre el pasado y el presente, una grieta llena de ruinas y pequeños refugios del mundo de ayer que todavía no han sido derrotados por el tiempo. Por eso esta entrevista empieza en un camino de tierra sin asfaltar, continúa en una estación de tren abandonada y termina en un bar de carretera al calor de la lumbre: así lo ha propuesto él.

«¡Mira, una bandada de avutardas! –dice, emocionado, al poco de arrancar–. Hemos tenido mucha suerte, no suelen verse tan cerca». No hay GPS, porque Navia se sabe el camino de memoria, con sus charcos y sus trucos para no quedar atrapados por el barro. También conoce los nombres de la vegetación y la fauna, el de las diferentes partes de la vía extinta que nos conduce hasta la estación de Mudela, que ya no tiene techo ni letrero. «Lo que son diez años. La primera vez que vine aquí el techo seguía en pie, y podías caminar por el piso de arriba», comenta.

La suya es una sabiduría de libros y paseos, de mapas y conversaciones, de un enamorado de la vida campesina. Navia vive cerca del campo desde hace diez años, pero lleva toda la vida fotografiando lo rural: sus paisajes, sus gentes, las que están y las que se fueron. Es lo que quiere, su ideal de vida. Lo resumió muy bien su mujer en una carta que le escondió en su maleta un día que partía de viaje con el ánimo bajo: «Date cuenta del privilegio que tenemos, de la suerte que tenemos, de poder seguir viviendo con esta mezcla de nostalgia y libertad».

Con ese espíritu ha recorrido, cámara en mano, catorce comarcas de lo que hoy se llama España vacía o vaciada, según el vocero. De ese trabajo de dos años, y de su rico archivo rural, por llamarlo de alguna forma, ha nacido «Alma Tierra», un proyecto auspiciado por Acción Cultural Española formado por un libro de 258 fotografías y una exposición de 70, que se inauguró este viernes en Huesca.

Él insiste en que todo es un homenaje a a vida campesina, a esa forma de estar en el mundo que ya termina inevitablemente, porque a principios del siglo XX la explotación de la tierra en España empleaba a casi el 70% de la población y hoy solo al 4,7%, y eso a pesar de que se trabaja más superficie. «Lo dramático del mundo antiguo, ¿sabes lo que es? Que se acabe es normal. Para mí el verdadero drama es el que señala Marc Badal en “Vidas a la intemperie”: que no le hemos hecho un entierro como Dios manda», lamenta. Y a continuación añade: «¿Que por qué es importante una reflexión sobre el pasado en este caso? Pues porque hay mucho que aprender de ese pasado. Es verdad que la vida campesina no era el paraíso que muchos piensan, pero había unos valores que se han perdido».

Esos valores los tiene claros. Para empezar la solidaridad, «la capacidad de la gente de saber que se tienen que apoyar para sobrevivir, que es una necesidad, que no se hace por generosidad». Después, esa autarquía propia de los pueblos que subsistían por medios propios: ese esfuerzo, esa experiencia. También la austeridad, que tan mala prensa tiene, pero que es «lo más ligado a la libertad». Y por último, ese saber estar en soledad, ese recogimiento.

Todo eso ha ido captando en sus «pateos», porque Navia nunca dispara sin hablar. Como Dorothea Lange, «gasta» mucho tiempo en conversar. De cada rostro que aparece en su libro hay, por lo menos, otros setenta retratos, a veces cientos: los necesarios hasta captar lo que busca, una luz (la «luz Navia»), una emoción, un gesto… Él llega, explica lo que hace, comparte. Y de esas relaciones fugaces nacen pequeños destellos de verdad recogidos en el libro. Como el de Antonia Ferrer, de Luco de Bordón (Teruel): «Aquí, en el pueblo, es donde mejor estoy. Aquí todo me habla».

Parece una frase como sacada de «Pedro Páramo», pero es el tono general del libro. Hay algo casi onírico en él, quizás sea esa luz o las escenas, que parecen muy lejanas. Ya lo dijimos: son grietas en el presente que nos enseñan algo perdido, que se está perdiendo, irremediablemente. Como dice el escritor Julio Llamazares en el texto que cierra el volumen, titulado «Se vende», en sus imágenes «pesa más lo que desapareció que lo que resiste, el espíritu del tiempo antiguo que el actual». De ahí el título, este «Alma tierra» tomado de unos versos de «Los Cantos» de Leopardi, que no eran otra cosa que un homenaje a los ancestros: «Ojalá con vosotros yo yaciese / y mi sangre regara esta alma tierra». «Pertenece al primer canto, donde él precisamente habla de la importancia de sus antepasados y del referente que para él suponían», apunta Navia.

Todo suena a nostálgico, pero Navia, hombre alegre y dicharachero, no vive mirando hacia atrás: solo tiene un retrovisor (una grieta, otra vez), para recordar. De hecho, no es del todo pesimista con el drama de la despoblación: confía en que en España no se van a vaciar más pueblos, porque la gente está volviendo a sus raíces. «Los pueblos, muchos, se están convirtiendo en urbanizaciones. En verano hay pueblos de dos habitantes con quinientas personas», asegura.

En Navia, entonces, conviven la mirada nostálgica y la alegría de vivir. La memoria, en su caso, es más un punto de partida que un destino: «La melancolía es una enfermedad del alma, como decían los clásicos. La nostalgia, no. La nostalgia es una actitud mucho más racional. Yo siempre construyo a partir del pasado, pero también soy consciente de que el mundo cambia».

A pesar de esa certeza no desiste, y sigue con sus proyectos quijotescos para combatir el tiempo: ahora está recorriendo una antigua vía de tren abandonada, cinco o seis kilómetros cada vez, fotografiando los vestigios que llaman su atención con un asombro envidiable. Él lo explica con esa mezcla de erudición y sabiduría popular que lleva a las espaldas: «Decía Doisneau, uno de los grandes fotógrafos de la historia, que él fotografiaba para luchar contra la muerte. Al final no se puede, pero las batallas más hermosas de la humanidad son las batallas perdidas: las del amor, la de la muerte».