Jazz y novela negra

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Walter Mosley (Los Ángeles, 1952) se alzaba el año pasado en Barcelona con el Premio RBA de Novela Negra con «Traición», una obra en la que el escritor presentaba a su nuevo detective: Joe «King» Oliver. ¿Y de quién tomó prestado el nombre? «Era el maestro de Louis Armstrong. Lo llamo así porque el jazz es la mejor manera de enfrentarse a los problemas de nuestra sociedad. La vida de mi personaje es como la de Armstrong: tiene esposa y una vida vida feliz, hasta que un día se ve envuelto en un delito, se le condena y entra, tras ingresar en la cárcel, en una situación desconcertante y oscura. Es como [el pianista] Thelonious Monk», explicó.

El escritor de cabecera de Barack Obama, según reconoció el mismo expresidente de Estados Unidos, es el último representante de los grandes novelistas que han mezclado en sus tramas asesinatos, misterio e investigaciones policiales con el jazz, desde que la Original Dixieland Jazz Band de Nick La Rocca grabó el primer disco de esta música en 1917. Ingredientes todos ellos que se han encontrado con naturalidad en otros escritores del siglo XX, desde americanos como Chester Himes, Raymond Chandler, Malcolm Braly, David Goodis y Nat Hentoff, a europeos como Boris Vian y Jean Patrick Manchette, sin olvidar a españoles como Ferrant Torrent, Andreu Martín y el Premio Príncipe de Asturias 2013, Antonio Muñoz Molina.

Este último se hizo famoso con una novela en la que mezclaba estos dos mundos: «El invierno en Lisboa» (1987, Seix Barral). En ella contaba la historia de un pianista, Santiago Biralbo, que es perseguido por el marido de la mujer de la que se acaba de enamorar. Un claro homenaje al cine negro y a los clubes el jazz. «Fue mi segunda novela y escogí esos dos elementos por pura afición. Siempre me ha gustado el jazz. A principios de los 80 trabajaba en el Ayuntamiento de Granada organizando los primeros festivales de la ciudad y tuve la suerte de ver a Chet Baker, Miles Davis y Woody Shaw. Hasta tuve relación con Dizzy Gillespie y Tete Montoliu. Fue una educación tremenda, en una época en el que también me interesaba la novela negra. Clásicos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Patricia Highsmith», cuenta a ABC el también miembro de la Real Academia Española.

A este universo de gánsteres, clubes, policías y músicos le dedica el festival JazzMadrid la conferencia «Ecos del jazz en la novela policíaca» este martes, impartida por su director creativo, Luis Martín, en la Biblioteca Nacional (19.00 horas). «No hay nada que permita pensar que existen métodos de creación similares o paralelos al jazz en la literatura, pero la afición por esta música de determinados autores hace que sus personajes hablen de jazz o desarrollen sus historias en lugares donde se toca o compone jazz», subraya el ponente.

En este sentido, Muñoz Molina reconoce que se inspiró -aunque «fuera una inspiración más estética que vital»- en el pianista Bill Evans, uno de los músicos que más le han gustado en su vida. El Joe «King» Oliver de «Traición», por su parte, no es el famoso trompetista que puso la primera semilla del jazz, en Nueva Orleans, a principios del siglo XX, pero Mosley quiso darle ese nombre a su protagonista en una especie de homenaje. Se trata de un honesto expolicía de Nueva York reconvertido en detective privado, que decide investigar la trampa que le llevó a la cárcel tiempo atrás. Es ese el punto de partida de una serie de aventuras en las que resuenan ecos de Chandler, sobre todo, en esa especie de fraseo jazzístico de los diálogos, que se desarrollan con un estilo realista, directo y ágil, como si de una jam session se tratara.

A Chandler se le considera uno de los padres de la novela negra. Un honor que obtuvo a través de su ya clásico Philip Marlowe, el personaje más carismático del género y con el que estableció una serie de reglas que adoptaron después otros escritores. Lo hizo gracias a relatos como «El rey amarillo», donde el famoso detective tiene la desgracia de hallar el cadáver de un famoso trompetista de jazz, King Leopardi. Tuvo tanto éxito que vendió millones de ejemplares y hasta el contrabajista Charlie Haden -el mismo que alumbró el free jazz junto a Ornette Coleman a finales de los 50- le dedicó un disco entero: «Always Say Goodbye» (Verve, 1994). «Los temas de ese álbum parecen ideados expresamente para los personajes de la novela negra americana, que vivió su edad de oro entre 1920 y 1950, como el jazz», subraya Martín.

Antes que Chandler, Francis Scott Fitzgerald ya había publicado sus famosos «Cuentos de la Era del Jazz» en 1922, en los que reflejó a la perfección los felices años 20 de Duke Ellington y Louis Armstrong. Una época en la que «The New York Times» aún calificaba a este estilo como la «música de los salvajes». Esos descalificativos no fueron un problema para este escritor maldito, que definió con estos relatos toda aquella liberación de energía que finalizó con el crack del 29, aunque fijándose más en los personajes que generó que en la música: mafiosos, bailarinas, cantantes y policías de dudosa reputación.

«Para mí, el rasgo fundamental de estas novelas es esa necesidad de que la historia tenga una propulsión, una especie de “beat” muy rápido todo el rato. Por eso a las películas de cine negro basadas en este tipo de historias les viene tan bien el jazz», explica Muñoz Molina, cuya obra fue llevada a la gran pantalla en 1991, precisamente, con Dizzy Gillespie encargándose de la banda sonora. «Yo me imaginaba más el quinteto de Miles Davis en los 60, con Ron Carter y Tony Williams, pero la verdad es que lo que hizo Gillespie con Danilo Pérez me gustó mucho… más incluso que la película. Es curioso que Dizzy escribiera una canción sin saber que yo me había inspirado en uno de sus músicos, Paquito D’Rivera, para describir una de las canciones del protagonista. En concreto, en “Brussels in the Rain”», recuerda el escritor.

Hay muchos más ejemplos. En la novelas de Dashiell Hammett, creador del icónico Sam Spade que Humphrey Bogart interpretó en «El halcón maltés» (John Huston, 1941), los personajes se mueven a ritmo de ragtime y el jazz de Chicago, según describió el mismo autor. En los 70, Jean-Patrick Manchette comenzó una de sus obras maestras, «Balada de la costa Oeste», con el protagonista en su Mercedes escuchando jazz justo antes de presenciar un homicidio. El autor tocaba el saxo alto y, quizá por eso, impregnó de esa música gran parte de su bibliografía. Algo que hizo con mucho éxito, ya que siete de sus 10 títulos se llevaron al cine. «Manchette escribe como un músico de jazz, quizás más en los planteamientos que en las formas», comentó Carlos Zanón en el prólogo de la reedición de última novela del francés: «Caza al asesino».

En 2006, uno de los mayores exponentes de la novela negra española, Andreu Martín, logró una simbiosis perfecta entre esta música y el género criminal, al comenzar su serie «Asesinatos en clave de jazz», en cuyas obras retrata a músicos de Barcelona que tocan temas de Charlie Parker o Dinah Washington, al tiempo que se ven envueltos en intrigas varias. Y en 2015, José Manuel Sánchez se alzó con el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona con «Café Jazz».

En la escena internacional, John Connolly se inventó a un expolicía obsesionado con encontrar al asesino de su mujer y su hija, y lo llamó Charlie Parker, como el saxofonista que inició la primera gran revolución del jazz con el bebop. Ray Celestin, por su parte, se confirmó el año pasado como una de las grandes voces de la novela negra con «El blues del hombre muerto». En 2014 había publicado «Jazz para el asesino del hacha». En ambas, los protagonistas, un detective blanco y una investigadora negra, son amigos de Louis Armstrong, el cual se junta a su vez con Al Capone. ¿Pero por qué jazz? «Gusta a todo el mundo y tiene historias parejas con la mafia», explicó recientemente este último.